Artículo de opinión sobre educación de Enrique Herrero, profesor de FP Básica y concejal de Ahora Getafe

GETAFE/ 29 OCTUBRE 2018/  Con Lovejoy y Johansson entendí que es el huevo el que pone una gallina para reproducirse a sí mismo. Y no al revés, como siempre había creído. Esos dos tipos grandes me enseñaron a identificar mejor los sujetos imprescindibles – el huevo en este caso, que es quien se reproduce – y diferenciarlo de los objetos que solo son importantes – la gallina, que funciona como el mecanismo de reproducción. -. Me costó años darle la vuelta al pensamiento que tenía antes, pues yo pertenecía a ese grupo mayoritario y falto de crítica de los que pensaba que era la gallina la que ponía los huevos. Me costó años darle la vuelta y comprenderlo, pero hoy para mí es un axioma que me permite ver todo siempre desde el extremo opuesto de la elipse. El extremo desde donde en realidad deben verse las cosas.

De esa manera debemos comprender que el sujeto de la educación son las alumnas. El vórtice sobre el que todo lo demás debe girar. Hay que poner los los contenidos, las competencias o los putos estándares de aprendizaje a su servicio, justo lo contrario de lo que ocurre ahora. Si lo vemos desde este punto de vista es que deberíamos entrar en clase preguntando al alumnado: dígannos qué necesitan y nosotros se lo procuraremos. En vez de eso les programamos contenidos. Así va la cosa.

Quizá por eso desde hace años escojo de forma voluntaria educar en un itinerario específico que se llama FP Básica. Antes PCPI, antes Garantía Social, y antes no sé qué nomenclatura que enmascaraba igual que ésta un trastienda llenita de trastos rotos… ¿Que qué es la FP Básica? Pues esa ley miserable que les dice a las alumnas que no sacan buenas notas que se les oferta una alternativa para titular antes de llegar al umbral de la educación para adultos.

Alumnos de FP. Foto/ Alex Castellano

Hago notar que en el sistema actual el no sacar buenas notas significa solamente no alcanzar los estándares y las competencias básicas. No lo liguen necesariamente con el talento porque en muchos casos nada tiene que ver. ¿Se puede atesorar talento y suspender? Sí, claro. Ocurre, de hecho. Pero no para la administración, que vincula de manera exclusiva los resultados académicos a la obtención de una serie de criterios estúpidos. Y sólo a ellos. Por eso, aquí el que no se adapta queda excluido.

Reconozco que al principio me tragué la píldora de que la FPB era buena. Sin embargo ahora la veo como ese desagüe donde van a parar las alumnas que no han pasado por el aro de las competencias y los estándares. Y ¡ojo, insisto! que no acceder a esos estándares no les resta un ápice de talento. Mis alumnas son excelentes. Diamantes sin pulir. Sólo que el sistema y sus leyes no les ofrecen fórmulas para desarrollarse. Tan solo ocurre que la forma que tienen algunas alumnas de ver las cosas no se ajusta a lo que pide el papel. Y por eso las segregan. ¡Hay que ser miserable para decirles que no valen!

Porque para la administración, para el PP, el que una alumna tenga talento es lo de menos. Lo único que le importa al PP es que al final del curso el porcentaje global de niñas que se adaptan a los estándares evaluables sea más alto que el anterior. Un discurso que, por cierto, cala entre los nuevos ricos de la educación, los que se quedan en que lo mejor que puede hacer la pública es parecerse a la privada en su obsesión por los ranking y los resultados. El mismo discurso que le permite sacar pecho al PP y decir que el sistema de competencias y estándares se justifica por sí solo. Y le permite de paso olvidar olvidar cuál es el verdadero sujeto de la educación.

Pero esa manera de interpretar la educación implica necesariamente que la alumna que no cumple con las expectativas estandarizadas acaba derivada en la FPB o en cualquier otro itinerario alternativo en la ESO. Que no son una oportunidad sino el fast pass a la exclusión encubierta que con tanta generosidad nos ofrece esta legislación tan obscenamente segregadora. Si les parece exagerado lo que digo, piensen que acaso será su hija la que no alcance los objetivos y será discriminada por ello, segregada. Usted percibirá su talento a cada instante de su vida y lo único que se preguntará es por qué el sistema educativo no es capaz de verlo igual. Entonces pensarán lo mismo que yo, que lo sufro cada día de mi vida. Ese es el fracaso educativo; el fracaso del sistema, no de las alumnas. Hágame caso; sé de lo que hablo.

Es ahí que se produce una contradicción entre la educación que yo anhelo y concibo y lo que me exige la administración que haga. Porque como yo sigo a Lovejoy – qué apellido tan intenso, de verdad -, para mí el sujeto imprescindible son las alumnas y solo ellas. Y las programaciones, los contenidos, las competencias y todo lo demás sólo son algo importante, pero no pasa de esa categoría. Sin embargo en los últimos años, sobre todo en los últimos años, la ley dice que sea al revés, que antepongamos el cumplimiento de un documento hoy por hoy inservible llamado programación a la necesidad y el interés de las alumnas; los estándares y las competencias por encima de seres que son inteligentes y sensibles.

Instituto de FP. Foto/ Alex Castellano

¿Y saben qué hago, cómo resuelvo esa contradicción? Pues yo calzo el escritorio con las programaciones y sus estándares. Porque me quedo con la enorme valentía de unas alumnas que, consciente o inconscientemente, se rebelan con sus suspensos contra un sistema que es excluyente. Lo que no conseguimos como docentes, como organizaciones, como sociedad, lo hacen ellas quizá sin saber y aún a riesgo de sus propias carreras académicas, de sus años más preciados, que al punto tiran por la borda esgrimiendo algo tan sencillo como: nunca nos preguntáis qué necesitamos; sólo pensáis en vuestros malditos porcentajes. Y mientras eso sea así, nosotras suspenderemos.

Por eso he decidido solidarizarme con ellas e involucrarme en la FPB a fondo. Para colocar una carga generosa de TNT en la médula del sistema y reventarlo desde dentro. Así que de la misma manera que éste vaya expulsando a mis alumnas por la puerta yo las volveré a introducir de nuevo por la ventana. A todas. Sin ambages, sin cortapisas. ¿No quiere la administración un porcentaje alto de aprobados? ¿No va medir mi función docente por el número de alumnas que aprueban? Pues regalémosle el 100%. A ver si así se encuentra satisfecha y nos deja educar y aprender en paz. A ver si así ganamos todas.

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