OPINIÓN / El mango de la cacerola

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CARTAS DE LOS LECTORES, por Diego Suárez Martínez (Vecino de Alcorcón)

Estos últimos días los enfrentamientos entre quienes se manifiestan denunciando su supuesta falta de libertad y quienes les recriminan sus acciones han puesto a Alcorcón en la diana. No pretendo detenerme en este momento en la cuestión del poder adquisitivo de quienes se han convertido en indignados después de hacer caso omiso durante años a los continuos recortes en Sanidad y Educación. No creo que todos los que hacen chocar cada día a las nueve de la noche sus cucharones contra sus ollas sean ese 1% más rico de España, aunque esas muestras de folclore que pululan por la red invitan a pensar lo contrario. Este movimiento se ha infiltrado en los barrios obreros, donde la crispación se palpa cuando las cacerolas se confunden con los insultos entre ventanas.

Los españoles somos expertos en la picaresca, eso bien lo sabía el escritor del Lazarillo de Tormes, y nos han bastado unos días de permiso para encontrar un vacío legal en el que manifestarnos. Hace unas semanas en Alcorcón se concentraban indignados contra el gobierno, jaleados por los representantes del PP y de Vox en Alcorcón, todo sea dicho. Desde los alrededores de la plaza ya se escuchaban los primeros comentarios a la policía solicitando su acción para evitar que esas menos de 100 personas –no más de 1.000 como señaló Pedro Moreno (Vox)– echaran por tierra lo que todos hemos construido en más de dos meses. La policía, claro está, solo podía encogerse de hombros.

A estas protestas partidistas –por mucho que queramos ocultar la realidad tras las banderas, estas manifestaciones nacen con un interés político: derrocar al gobierno– se opusieron el lunes pasado los autodenominados grupos antifascistas. Todo quedó en algunos insultos y la tensión que genera todo aquello que dejamos a medias.

El Ayuntamiento de Alcorcón, con un criterio que el tiempo dirá si fue acertado o no, decidió clausurar la plaza con el fin de evitar nuevos altercados, fracasando estrepitosamente en su cometido. Una vez más, mi municipio apareció en la televisión por motivos avergonzantes. La tensión llegó a su máximo con el enfrentamiento dialéctico entre manifestantes abrigadas con banderas de España y jóvenes que bien servirían a Ernesto Castro para elaborar otro libro sobre la identidad y la vestimenta entre la juventud desfavorecida.

Llegado a este punto, me gustaría hacer algunos comentarios acerca de las causas que nos han llevado a la ruptura del consenso sobre la necesidad de recluirnos para salvar la vida de nuestros abuelos.

Quisiera referirme en primer lugar a ‘la política del zasca’. Esa nueva dialéctica que exhiben nuestros representantes en la que lo importante es lograr el minuto de oro en Twitter. Más allá de ese tiempo, poco valen elementos imprescindibles para una democracia como el debate o los argumentos. Ya nadie se escandaliza cuando al día siguiente de una sesión parlamentaria, fragmentos de discursos sin apenas visualizaciones compiten en las Tendencias de Youtube con el nuevo videoclip de J. Balvin o los hits de Rosalía. Estamos en la época de la posverdad. Aquí valoramos la repercusión, no el calado de las palabras que tanto gustaba a Anguita. Esta política por fascículos ha simplificado tanto los mensajes que ya no publicamos sesudos manifiestos en contra del gobierno, ahora basta con salir al balcón cacerola en mano. Porque eso es la política que vivimos: mucho ruido y pocas nueces.

En pocos minutos se viralizó el vídeo de Javier Negre –me niego a decir que ese tertuliano comparte profesión con mi conciudadana Lucía Mbomio– en el que denunciaba el boicot que le había obligado a abandonar mi municipio. Una verdadera lástima que él mismo filmara que ese boicot era un único hombre invitándole a no manipular con sus palabras lo que su cámara grababa. Poco importa eso en Internet. Negre, al igual que los dirigentes de Vox, consiguió su cometido.

Esa ‘teoría de los dos demonios’, según la cual tanta culpa tienen los unos como los otros, es la que han decidido seguir los líderes de la oposición. No es casualidad que las imágenes viralizadas sean las de los jóvenes migrantes encarándose con una señora envuelta en la bandera de España y no esas otras imágenes de manifestantes con banderas preconstitucionales. Igual que tampoco es azar que de los incidentes del 18 de mayo solo sean rastreables esas fotografías casi caricaturescas en las que se ve a los manifestantes respetando católicamente la distancia mínima de seguridad, por un lado, y, apelotonados por el cordón policial, a los grupos antifascistas al otro lado.

Los alentadores de estos movimientos ya están consiguiendo su objetivo: mostrar a quienes les recriminan la puesta en peligro de la salud de todos como los villanos autoritarios que les impiden manifestarse y ejercer su derecho a la democracia. La cacerola ya está en la mesa, y es la derecha quien la tiene por el mango.

1 Comentario

  1. Para sr. Diego Suárez, gracias por haber personas como usted, pero por desgracia el 40 % de ciudadanos en este país está a años luz de los que piensan, sienten, viven y actúan como usted, ese 40% se mueve por instintos primarios y son los residuos que dejó el franquismo y el otro 20% que tiene estudios superiores y son visibles en TV son los caciques de mente retorcida, sr. Suárez que dios nos coja confesados

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